”Un minuto de arrepentimiento y buenas acciones en este mundo es mejor que toda una vida en el mundo venidero” Pirké. Avot 4:17




Generalidades:

El judaísmo impulsa al hombre a llevar una vida plena en buenas acciones en la tierra ya que al morir permanecen únicamente sus actos.

Se acepta la existencia de un mundo venidero (Olam-Ha-Ba) constituido por un paraíso (Gan Edén) y un infierno (Gehina).

Al fallecer el ser humano el alma abandona el cuerpo, pero durante once meses ambas entidades mantienen una relación temporal hasta que el cuerpo se desintegra. Este tiempo constituye un período transitorio después del cual, los piadosos van al paraíso y los perversos al infierno.

En la actualidad, la mayoría de los judíos rechazan que el Gan Edén y el Gehina existan literalmente. La creencia básica del judaísmo actual se centra en la llegada del Mesías, cuando se logrará un mundo perfecto y los hombres piadosos resucitarán.

Al parecer, el hombre tendrá que responder frente a Dios por los placeres legítimos que él mismo se negó en vida, porque es ésta y no la muerte, la más grande experiencia humana.


Fallecimiento:

El cuidado del cadáver, la preparación del sepelio, y el entierro en sí, son tareas religiosas de carácter sagrado. En toda comunidad generalmente se organiza una “jevrá kadishá”, o sociedad sagrada, compuesta por miembros piadosos de la comunidad.

La jevrá se responsabiliza de que un médico certifique la defunción y de que una persona permanezca con el cuerpo hasta que se le dé sepultura.

El cuerpo debe enterrarse lo más pronto posible para cumplir con los preceptos bíblicos.

Los funerales deben ser sencillos para no avergonzar a las personas humildes que no puedan realizar un sepelio ostentoso.

Las flores y la música son signos de alegría por lo que no se deben utilizar en un funeral.

El ataúd debe ser de madera, simple y sin adornos. Todos los judíos deben ser enterrados en una mortaja o sudario confeccionado en algodón blanco prescindiendo de bolsillos.

No permiten la incineración.


Duelo:

Al terminar el funeral comienza el primer periodo de duelo llamado “shivá”. Durante una semana los familiares directos permanecen en el hogar de la persona fallecida, pues creen que el alma de la persona fallecida no abandona el hogar en siete días y por lo tanto le son beneficiosas las oraciones que se reciten.

En este tiempo, los familiares se sentarán en banquillos de menor altura que la habitual, no se cortan el pelo ni se afeitan y abandonan toda actividad que les proporcione placer. Si es posible, no deben trabajar.

Tres veces al día recitan el “kadish”, oración distintiva del duelo judío.

También es costumbre desgarrar una prenda de vestir, cubrir los espejos y encender velas o cirios.

Al finalizar este primer periodo de duelo comienza el segundo llamado “shloshim” que se extiende hasta el día treinta después del entierro. La familia directa tampoco podrá cortarse el pelo, afeitarse o acudir a fiestas. Con esto acaba el duelo.

Si se trata del fallecimiento de un padre o madre el duelo se prolonga durante once meses.

En caso de un suicida no son necesarias la mayoría de estas manifestaciones.

El judío tiene prohibido prolongar el periodo de luto más allá de lo que estipula la ley.